Saludo al sol: Primera travesía.

Al mismo tiempo que contemplaba el amanecer, me entregué a fondo a la voluptuosa caricia del Mediterráneo: La envoltura salada de la brisa, el sol deslizándose en el mar, el silencio azul de la luz. Todo convenientemente agitado por las olas, tal y como suelen recomendar las instrucciones de uso de algunos fármacos. Cerré los ojos a conciencia e imaginé que bebía un trago de esa medicina. Para alguien como yo, procedente de tierra adentro y en busca de claridad, aquel simple remedio podía funcionar como un billete psíquico para viajar a otro mundo. Fue inmediato. Bajo los efectos concomitantes de una buena dosis de pura belleza y el rítmico cabeceo de la navegación, con la noche adentro y el día naciente al otro lado de mis párpados, me transformé en habitante de un pequeño planeta mecido por el viento de las estrellas. Lo imaginé girando al compás gravitatorio de las grandes esferas. Salté de una en una. Hermosos y terribles lugares. Más allá del fuego y el hielo, más allá de la luz y la oscuridad. Era un gran viajero. Veloz, experimentado, curioso. A duras penas podía resistirme a la fatal atracción de los misteriosos agujeros negros, pozos sin fondo, devoradores del tiempo y el espacio donde zozobraban en silencio el sonido del mar y las gaviotas, que sí, estaban realmente alrededor. Pero mi pericia de explorador estelar me permitía bordearlos y disfrutar indemne del vértigo de su proximidad. No me resultaba inusual sentirme en lugares inalcanzables a partir de un ejercicio de imaginación, aunque lo había hecho poco desde mi infancia. Lo viví como una especie de premonición o de promesa. El impulso no estaba sólo en mí, me pareció; era un estímulo procedente también del exterior, de la confluencia de múltiples elementos que aunaban su poder de convocatoria, al mismo tiempo como señal y como llamada.

Sobre la proa de aquel barco, las sensaciones del mundo inmediato se resumían en una: me sentía libre. El estímulo, la promesa o el impulso me liberaban de ataduras. No había necesidad de nada más; ni de propósitos, ni de tiempo, ni siquiera de lógica causal o explicaciones. Me pregunté mi nombre y respondí con la denominación de una estrella desconocida, tal vez todavía no nacida o definitivamente desaparecida. También era libre para llamarme con el nombre de lo imposible. Todo encajaba a la perfección en la mecánica celeste de mis propias fantasías y así vagué a mis anchas perdido gozosamente en un espacio sin fronteras.

 

En pleno arrebato cósmico, sonó dentro de mi ensueño por tres veces la sirena de un barco. Y a la tercera decidí regresar. Atravesé aquella pasarela sónica cruzando la noche imaginada de mi propio mundo, de la misma forma que el héroe victorioso vuelve a casa, ebrio de gloria, el rostro iluminado por el secreto de la luz y las tinieblas que acaba de robar a los dioses. Al abrir los ojos me di de bruces con otra esfera, esta casi plana, la de mi reloj de pulsera. Admiré sus signos como si fueran parte de un enigma, esperando que me devolvieran el tiempo perdido. No el que había pasado allí imaginando mundos, puesto que lo había disfrutado tanto, sino todo el que consideraba verdaderamente malogrado a lo largo de mi vida: el que olvidé en el minuto siguiente a su pérdida, el que desafortunadamente no pude olvidar a pesar de mis esfuerzos, el que habría cambiado por un salto temporal en el vacío en épocas adversas, el que no me sirvió para ser feliz… Sorprendido, caí en la cuenta de que en el planeta tierra, concretamente en aquel punto del Mar Mediterráneo, eran casi las doce en punto. La pequeña esfera acababa de devorarme de nuevo. No me importó. Esta vez eran sólo unos bocados que yo, como un gourmet que se alimentara de su propio tiempo, había tenido ocasión de saborear con deleite. El sol brillaba pletórico en lo alto. Lo admiré de reojo, discretamente. Aun así me pareció que me devolvía un buen presagio. «Ya veremos», pensé.

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