Ulises el Joven (relato)

Este relato es un pasaje de la novela  Saludo al sol 

Tal vez habría deseado, como Ulises, ser atado al palo mayor de mi barco para escuchar cantar a las sirenas. Podría haberme expuesto a la adicción de su nostalgia sin riesgo de acabar contra las rocas, presa de melancolía y afectuoso desvarío. Pero no iba a ser necesario. Me sentía fuerte. Tan fuerte que sin temor a los arrecifes y al oleaje del pasado conseguí al fin, como deseaba, escuchar la voz del niño que acaba de dejar atrás sobre la playa. Me hablaba como si estuviera a mi lado, le replicaba con naturalidad, como si nuestro diálogo y nuestro encuentro no fueran imposibles.

—¿Quién eres, marinero? —escuché que preguntó con una voz plena de insolencia infantil, acercándose a mí desde una distancia que desapareció en un suspiro.

Me llegaba claramente. Me conmovía su provocadora ternura. Era mi voz y también mi curiosidad de la infancia. Tenía otro timbre, pero la mía conservaba aún el sello indeleble de sus cuerdas vocales. No sonaba como en una grabación, sino como lo que era, la voz real de un interlocutor que iniciaba una conversación en apariencia intrascendente y casual. ¿Por qué no? ¿Por qué no hablarle y escuchar, recordar quién fui, sentir esa camaradería diacrónica con quien fue mi precursor y condición necesaria de este y todos mis viajes? Sin necesidad de atarme al palo mayor…

—Soy un marino, uno de tantos. Me llamo… Ulises —contesté titubeante, tras una breve pausa causada por un nudo de emoción en la garganta.

—¿Y a dónde te diriges, Ulises? —me preguntó nuevamente con una mueca que me resultaba claramente reconocible. Era un gesto de curioso entusiasmo, iluminado por unos ojos que brillaban excitados a causa del inconfundible olor de la aventura.

—Voy al mar, ya lo ves, voy tras el sol —le expliqué señalando con la mano en la dirección de mi proa.

—Pero el sol está del otro lado —objetó extrañado—. Está saliendo por el este y tú navegas hacia el oeste…

—Tienes razón —acepté conciliador—. Acaba de salir por el este, pero por contradictorio que eso pueda parecer, si quiero seguirlo tengo que adelantarme a él, ir todo el tiempo que pueda por delante. Mi nave no es tan rápida como su transcurrir. Ya lo verás, a medio día pasará por encima de esta isla como una exhalación. Yo salgo ahora, él me adelantará más tarde y para entonces ya lo estaré siguiendo. ¿No te parece que tiene lógica?

—Tiene lógica por un lado y por otro no la tiene —dudó, indicando con su dedo índice alternativamente al este y al oeste, como si entre ambos puntos cardinales se encontrara la respuesta a todos los enigmas—. Porque lo cierto es que el sol es el que va por detrás de ti en este momento.

—Es verdad —volví a aceptar, esta vez decidido a adoptar un tono definitivamente didáctico—. A veces hay que comenzar a hacer algo mucho antes de que parezca necesario para poder hacerlo bien de verdad cuando llegue el momento. A eso se le llama aprendizaje, preparación o hacer planes.

—Creo que te entiendo, pero no del todo —volvió a la carga, con un ademán a la vez infantil y severo—. ¿Por qué no has esperado simplemente a que te adelantara? Si lo hubieras hecho, lo estarías siguiendo de todas formas a partir del medido día y muy fácilmente. Ir tras él de ese modo sería mucho más real y eficaz.

—Ya te digo que no puedo esperar a medio día —respondí rozado levemente por mi querida impaciencia—. Si lo hiciera me sacaría ventaja muy deprisa, me dejaría plantado en mitad del mar y en medio de la noche en muy poco tiempo. Entonces perdería su pista y tendría que dejar de seguirlo.

—¿Seguirlo? Sí, por cierto, hablamos todo el rato de lo mismo, pero no me has dicho hasta dónde quieres seguirlo —requirió expectante y con evidente interés.

—Hasta aquí mismo, hasta esta misma playa y este mismo mar… —le expliqué seguro de que mi lacónica respuesta sólo generaría todavía más curiosidad en una mente desbordantemente soñadora.

—¿Hasta aquí mismo? —se extrañó de nuevo—. Pero ya estás aquí. Sólo tienes que esperarlo. Ya lo ves, acaba de salir y no tardará en estar sobre nosotros —sus argumentos cargados de lógica astronómica y sentido común eran barreras que debían ser sorteadas una a una pacientemente.

—Lo seguiré hasta aquí, hasta mañana por la tarde, antes de que se ponga por el horizonte y caiga la noche —aclaré.

—¿Y puedo preguntarte para qué? —inistió.

—¿Para qué? Para dedicar una jornada a la tarea de buscar activamente su luz, para ver mundo, este y tal vez otros, para conocerme mejor a mí mismo, para vivir intensamente cada segundo, para poder haberme encontrado contigo.

Ignoraba si me comprendería. Pero estaba siendo totalmente sincero y esa sinceridad lo dejó pensativo y satisfecho. Incorporar mi encuentro con él a la respuesta podría haberle parecido una muestra de superioridad y condescendencia de adulto hacia un niño, pero mi argumento no podía resultar más expresivo de mis fines y de las dificultades para concretar mis motivaciones. Y, además, como esperaba, me entendió perfectamente. Siempre había pensado que era un chico listo y me sentí orgulloso de estar en lo cierto. Por eso enseguida me pidió aclaraciones:

—¿Todo eso es muy importante?

—Todo, te lo aseguro. Para mí es muy importante. Buscar la luz, ver mundo, conocerme mejor, pero sobre todo, volver a encontrarme contigo.

Me sorprendía tanto como a él hablar de nuestro reencuentro. Casi me arrepentí porque sabía que ese detalle no le pasaría desapercibido y volvería a suscitar su insaciable curiosidad.

—¿Quieres decir que ya me conocías? —preguntó antes de que pudiera pensar una respuesta convincente a la esperada pregunta.

—En efecto.

—¿Sabes quién soy?

—Sí, lo sé. —Le sonreí deseoso de mostrarle toda la simpatía y el afecto que despertaba en mi, pero a la vez tratando de contenerme—: Ulises.

—¡Qué casualidad! ¿No es cierto? Tenemos el mismo nombre. Pero yo no te recuerdo o quizás sí, no lo sé. Me parece que te he visto antes, pero no sé dónde ni cuándo. Es difícil recordar las caras de la gente si eras muy pequeño cuando las viste por última vez.

Su rostro transmitía tal carga de entusiasmo que olvidé totalmente que un encuentro como este no era posible. Su expresión franca y despreocupada no estaba entre los recuerdos que conservaba de aquella época, no estaba, al menos, de la misma forma vivida en que ahora se manifestaba. Lo que quedó plasmado en las imágenes era obviamente una copia. Esto era verdaderamente la vida.

—Hace mucho tiempo, sí —confirmé sus suposiciones—. Hubo una época en que te traté bastante.

—¡Qué casualidad! —repitió con la fórmula universal que todo lo explica.

Su mirada escrutadora me conmovió de nuevo. No pude evitar comparar aquella presencia contemporánea con mis recuerdos y especialmente con las fotografías que tenía de aquella edad. Decepcionado, pero de alguna manera también aliviado, comprobé lo terriblemente aproximativa que era la memoria. Por el escaso parecido que guardábamos ahora nadie habría dicho que teníamos una relación tan cercana. Me fijé en sus rasgos atentamente. Me llamó la atención su pelo mucho más claro que el mío. También sus ojos y su piel eran sensiblemente más claros. No me limitaba a captar sus facciones, intentaba reconocerlas, las desvelaba una a una, igual que un arqueólogo elimina capas de tierra de los objetos encontrados en un yacimiento para identificarlos y datarlos, analizando los detalles verdaderamente significativos. El parecido iba apareciendo poco a poco por debajo. Nunca antes había observado nada de aquella manera y probablemente tampoco con tanto interés. De repente me detuve en algo que, a pesar de su evidente presencia no había advertido porque probablemente estaba demasiado habituado a ver. Se  trataba de la cicatriz sobre el labio superior. La mía se veía ahora más diluida. Obviamente la suya era más reciente. Siempre quise saber cómo sucedió exactamente, pues no había nadie más conmigo en aquel momento y yo, probablemente a causa de la selectividad de la memoria para los hechos desagradables, había olvidado casi todo. Deseaba indagar sobre aquel incidente con el gato pues esa marca nos unía más profundamente y de forma más evidente que cualquier otro rasgo, pero no sabía cómo hacerlo. No quería que las circunstancias y los detalles se superpusieran a lo esencial. La cicatriz había evolucionado de forma convergente, todo lo demás, la nariz, los ojos, la boca, el cabello, de forma divergente. El zarpazo nos causó un dolor común a pesar de que él lo viviera de forma mucho más cercana en el tiempo. La sangre derramada fue la misma. Había marcado nuestro rostro desde entonces, aunque el paso del tiempo le había hecho perder relieve y protagonismo en el mío. También debió dejarnos alguna que otra huella psíquica. Tal vez por eso la solidaridad y la simpatía a las que aquel hallazgo me inclinaban iban mucho más allá de la simple nostalgia. Eran totalmente ‘reales’. La conexión no se dirigía  hacia el pasado, sino que se establecía en el presente y desvelaba relaciones que en principio no había advertido. Se trataba de vínculos que no podía describir tan bien como sí podía hacer con aquella cicatriz inclinada, que cruzaba como una trinchera desde la aleta izquierda de su nariz hasta el borde central del labio superior, pero sí podía percibir sus efectos con claridad. Reconocía mi yo en dos tiempos, dos Ulises separados y unidos, diferentes e iguales, con un antes y un después acercados por un simple accidente, de tal forma que ahora casi no podían distinguirse. Seres de épocas distintas, conectados con una fuerza inusitada por una herida y sus secuelas. Nada especialmente trágico, pero todo un hito en nuestra vida. Al final no pude evitar la pregunta:

—¿Qué tal la herida del gato?

Me miró extrañado llevándose la mano a la zona afectada en un rápido movimiento, como si de repente le doliera de nuevo.

—Bien. Pero no fue culpa suya. —Lo absolvió con un gesto de cansancio, como si estuviera acostumbrado a hacer de abogado defensor en un juicio en el que él también era víctima y único testigo—. Simplemente se asustó. Yo me encontraba en medio de su vía de escape que era una ventana abierta. Después de aquello huyó y nunca más. Fue visto por allí ¿Cómo sabías lo del gato?

—Bueno —me  justifiqué no tanto sorprendido por su pregunta como por recordar de repente lo que sucedió como si lo estuviera viendo en aquel mismo momento—, yo estaba también por allí en aquella época. Sé que causó un gran revuelo porque sangraste mucho y al parecer el gato no estaba vacunado. —De hecho sabía también que el animal, un gato callejero, había sido finalmente sacrificado por un vecino y su cabeza enviada a las autoridades sanitarias que descartaron cualquier riesgo de rabia, pero él parecía ignorarlo todavía.

—Yo era muy pequeño y casi lo había olvidado. Hace muchísimo tiempo de eso. Por lo menos cinco años, o más —me explicó enarcando las cejas de forma admirativa, con lo que parecía referirse a la prehistoria de su vida—. ¿Llegaste a ver mi herida?

Le resultaba imposible sospechar cuál era la relación que nos unía, pero seguía intentando averiguarlo con preguntas como aquella. No sabía, como yo. Pero sí sentía la conexión tan fuertemente como yo. De repente me pareció preocupado. Tal vez sí sospechaba. Yo no deseaba que eso sucediera. No quería que me viera como quien era. No tenía miedo a decepcionarlo, no se trataba de eso. O tal vez sí, también, pero sobre todo quería protegerlo de un conocimiento que no consideraba necesario: el futuro. Ignoraba el efecto que podría causarle, incluso si no era más que un ser de mi imaginación. Aunque tal vez no lo fuera, o lo fuera tanto como yo podría serlo de la suya. De hecho esto último era más o menos cierto: Él imaginó una buena parte de lo que yo fui después. También podía ser que de alguna forma él siguiera su vida en otro camino paralelo en el tiempo. Este encuentro podría ser prueba de ello. Ojalá fuera así y le fuera bien. Tan bien como a mí me había ido en el mío, o un poco mejor, si era posible. Me inspiraba al hablarle un sentimiento fraternal, incluso paternal. Aunque él en cierta forma era más mi padre que yo el suyo. Lo era si creemos en el aforismo que reza: “Los niños son los padres de los hombres”.

—¿Tu herida? Sí, creo que recuerdo haberte visto con ella, tenías un aspecto terrible —bromeé—, con un gran esparadrapo cruzando tu cara como el vendaje de la momia tapando tu enorme boquete aquí… —Toqué mi cara justo en el lugar donde yo mismo tenía la misma cicatriz, más vieja y diluida pero todavía claramente visible; fue un gesto y una señal que no le pasaron desapercibidos.

—Qué casualidad, ¿no es cierto? —preguntó con una sonrisa irónica y cómplice.

—Sí, qué casualidad —respondí con mucha más ternura que ironía.

Pero él enseguida volvió al tema principal haciendo gala de una tenacidad que me resultaba bien reconocible.

—De todas formas, Ulises, el sol te dejará plantado, sólo que un poco más tarde. Todo ello a pesar de tu previsión para eso que llamas… seguirlo por delante. —Hizo un gesto levantando dos dedos de cada mano, como si entrecomillara la contradicción. Me sentí tan orgulloso que tuve que contenerme para no abrazarlo—. Me parece —añadió con una mueca de astucia— que para ir tras él como pretendes y llegar de vuelta aquí antes de que te atrape la noche, tendrías que volar…

—¿Volar? Eso no es posible. Ya ves que soy marinero. Tengo un buen barco y puedo navegar muy deprisa. Además, no me gustan demasiado los aviones —respondí a sabiendas de que mezclaba cosas de las que estaba muy seguro con otras de las que no lo estaba tanto.

—Navegar no será suficiente —afirmó concluyente, fortaleciendo sus argumentos ante mi débil defensa—. Aunque utilices el canal de Panamá en vez de doblar el cabo de Hornos, y el canal de Suez en vez del cabo de Buena Esperanza. Tendrás que ir mucho más rápido si no quieres quedarte sólo, lejos de cualquier puerto en mitad del mar y en medio de la noche. Con suerte y el mejor barco del mundo, para cuando pierdas de vista el sol, lo que sucederá esta misma tarde, podrías estar en algún lugar del Océano Atlántico. Incluso si continuaras navegando sin desvíos ni escalas hasta llegar de nuevo aquí, a tu lugar de partida, el sol te habría sobrepasado varias veces antes de que lo vieras ponerse tal y como pretendes. O, mejor dicho, la tierra habrá girado varias veces sobre sí misma y tu con ella.

—Veo que estás fuerte en geografía —lo elogié tratando de esquivar su línea principal de ataque—. Pero mi barco es más rápido de lo que parece.

—Me gustan los mapas y aprender sobre países lejanos. —Dijo esto apre-suradamente, a modo de inciso, para regresar al tema principal—: Por muy poderoso y veloz que sea tu barco, por favorables que te sean los vientos, el mar no te dejará navegar en ningún caso a la velocidad que necesitas. Él es mucho más poderoso. Se resistiría, de tal forma, que ni con mil motores podrías vencerlo, pues el oleaje causado por la acometida provocaría auténticos maremotos, un sunami que te tragaría a ti también. Volar es la única solución, estoy completamente seguro —insistió despiadadamente.

—Ya veremos —casi le concedí—. En cualquier caso, eso no importa ahora. Planear es necesario e improvisar es imprescindible, pero hay veces que iniciar la acción se convierte en algo todavía más importante que ninguna de las otras dos cosas. Todo es importante: Paciencia para planear, prever y esperar el momento; resolución para cambiar tus decisiones y empezar de nuevo si es necesario cuando los datos te dicen que te has equivocado; osadía para ponerte en marcha y tomar la iniciativa cuando lo que hay que hacer hay que hacerlo por encima de circunstancias o conveniencias. Yo estoy ahora en eso precisamente.

—¿Estás en la osadía? Creí que estabas en la fase de paciencia, puesto que todavía esperas a que el sol te sobrepase para comenzar a hacer lo que querías hacer, que es seguirlo.

—Bueno —dudé, sintiéndome a medias atrapado por mis propios argumentos, pero nuevamente satisfecho de su agudeza—, la verdad es que estoy un poco en todo. Así es como son las cosas realmente

—Pues pronto deberás entrar de lleno en la fase de resolución —replicó con una sonrisa —. Tendrás que cambiar tus planes y volar.

—Consideraré tu advertencia en su momento, a pesar de que a tu edad no creo que tengas mucha experiencia en este tipo de asuntos.

Fue una respuesta puramente instintiva, sin intencionalidad de cuestionar su carga de razón, que por otra parte era imposible de refutar; aun así me miró pensativo, con una cierta tristeza que lamenté haber causado. Me consolé pensando que el principio de realidad era imprescindible en el aprendizaje de la vida y que el escepticismo, incluso ante lo evidente, nunca le resultaría una precaución excesiva. Yo lo sabía bien y él lo aprendería algún día. Su presencia me causaba una ternura similar a la de un hijo, pero además me hacía sentir una conexión impensable con ningún otro ser viviente. Su rostro se transformó enseguida, sin embargo, y me ofreció una sonrisa luminosa cuando encontró una respuesta a mi última objeción.

—Los mayores valoráis mucho la experiencia sobre el papel, supongo que para demostrar que el tiempo os ha servido para algo, pero luego, a la hora de la verdad, sacáis poco partido de ella. Seguro que tú has tenido algunas buenas… ‘experiencias’ en eso.

Ahora no parecía un niño. Se diría que la edad se había borrado de sus rasgos y podía verme a mí mismo formulándome las preguntas clave de una vida, esas cuyas respuestas eran parte a la vez de los misterios de la existencia y a veces de las miserias del día a día.

—Creo que tienes toda la razón, Ulises, —acepté con humildad sincera—, que a menudo tendemos a utilizar la experiencia como un recurso cómodo para saltarnos las partes incómodas de las discusiones y también de las tareas y las decisiones más complicadas. No jugamos del todo limpio, pero la mayoría de las veces tenemos buenas razones para hacerlo. Cuando crezcas te darás cuenta.

Un silencio amistoso se hizo. Durante él los dos sopesamos a la vez las diferentes posibilidades de nuestros respectivos futuros y las opciones para la utilización del tiempo que teníamos ante nosotros. La gran pregunta que me suscitaba aquel ejercicio paradójico era la siguiente: “¿Podría haber sido más feliz, más sabio, más útil a los demás si hubiera tomado decisiones diferentes, si me hubiera relacionado con otra gente o me hubiera comportado con más adecuada disposición, más sumisión o más rebeldía, más disciplina o más espontaneidad?” Si él se hubiera hecho una pregunta, se me ocurrió que podría haber sido la siguiente: “¿Seré algún día como este marinero contradictorio y aparentemente inseguro, en busca de destinos imposibles?” Aunque seguramente su pregunta no sería esa, porque el deseo expreso con que interrumpió mis cavilaciones apuntaba a una valoración mucho más favorable de mi persona y de los planes que me ocupaban en ese momento:

—De haber sido posible, me habría gustado ir contigo —confesó sin ocultar una cierta frustración.

—Algún día tu también harás este viaje —lo animé—. Estoy completamente seguro.

—Sí, lo haré. Volando —afirmó con un gesto de feliz ensoñación.

—Ten paciencia, recuerda, paciencia, resolución y osadía. Es un consejo de Ulises el Viejo —le dije al tiempo que cerraba mi ojo izquierdo en señal de  complicidad—. Ahora debo partir, no tengo tiempo que perder.

—Y tu, recuerda también: Tienes más tiempo del que imaginas si no te empeñas en cerrarte a posibilidades nuevas. Es un consejo de Ulises el Joven —replicó concluyente, devolviéndome con un  guiño de su ojo izquierdo el que yo acababa de hacerle.

Antes de partir, dejándome llevar por un impulso instintivo, posé mi mano sobre su cabeza. El contacto con su pelo alborotado me produjo una sacudida que recorrió mi cuerpo y mi alma. Me sentí como si hubiera metido los dedos en el enchufe de la vida. Sólo pretendía dejarle mi protección, mi bendición y mi amor, pero me pareció que en realidad era yo quien recibía de él esos dones. Quererse retrospectivamente tenía un efecto indudablemente revitalizador…

—¡Adiós Ulises, ten cuidado!

—¡Adiós Ulises, también tú!

El que desea saber quién es cada día, debe interrogarse cada día. El amor es sólo presente: el que ama, ama ahora. Pero ¡cuán afortunados son aquellos capaces de amar su pasado y a la vez abandonarlo sin aflicción! Es así y así sea…

 

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