En busca del sentido y el conveniente contrapunto para tanta inmensidad…

Preparé todo deprisa y corriendo, o mejor dicho, no preparé nada, simplemente me di la vuelta tras coger lo poco que consideré indispensable, y al día siguiente, tras embarcarme en un par de aviones, quizás tres, que cogí en el último minuto por pura intuición, aunque parecían estarme esperando, me encontraba ya a orillas del Mediterráneo, en el barco que me llevaría a la otra orilla, el otro lado de una huidiza frontera. Me movía un irresistible deseo de comprender lo que me estaba sucediendo y sentir mi tiempo, pero me había puesto en marcha un ejercicio sublime de yoga, la amenaza de una enfermedad y la búsqueda de una paz que, según creía, sólo el olvido de Marion me podía proporcionar. “Debo sentir el pulso de los días, saborear sin prisa cada paso, olvidar que desaproveché la oportunidad de vivir…”. Fueron las únicas notas que tomé en todo mi viaje y lo hice justo antes de embarcarme. A pesar de su sinceridad, eran unas cuantas buenas intenciones que sonaban a meros eslóganes. Palabras. Fantasmas, abalorios, invocaciones repetidas ritualmente según la ocasión o el momento. Me hice el firme propósito de no permitirles la menor ligereza o vacuidad. Este viaje también sería para despertar las palabras a su verdadero sentido, el más personal y revelador. Quería llevarlas conmigo, someterlas, obligarles a salir de su coraza estereotipada y abrirse a mi verdad interior; quería sentirme explicado, entenderme, descubrirme, tal vez incluso curar mis males por su mediación, en una suerte de conjuro que me permitiera librarme de mi enfermedad y también, al fin, ahuyentar la maldición que me perseguía desde la muerte de Marion.

Durante años había vivido sin saber por qué, sin preguntarme por qué, puesto que me pareció una pregunta sin respuesta. Creí elegir por mí mismo cuando llegaban las bifurcaciones y seguía mi camino en pos de algo parecido a un destino, pero se trataba más bien de la aplicación de una fuerza sin sentido ni propósito. Pura inercia. Lo que encontré lo había dejado perder. Finalmente, había elegido partir. Lo único que tenía por seguro, y todavía no sabía por qué, es que debía llegar cuanto antes hasta una cala de la isla de Menorca que no era sólo un lugar: Para ser determinada con exactitud su posición se habrían necesitado coordenadas y variables más allá de las propiciadas por el espacio y el tiempo…

En cuando estuve allí supe que aquel era mi destino y al mismo tiempo el inicio de mi verdadero viaje. Enviado del silencio, corresponsal de paz dando cuenta de un milagro cotidiano, pisaba una línea fronteriza marcada por el mar y la noche… Me tumbé en la arena. Ante mis ojos, la mitad de todo lo existente. Tras el velo de una luna en cuarto menguante, reconocí patrones de estrellas en posición exacta de solsticio. Marion y yo las habíamos mirado muchas veces en remotas noches de verano. De la mano, sobre el pavimento todavía caliente del patio de nuestra casa, nos las habíamos repartido. Para ella, constelaciones enteras: las Osas, Casiopea o el Dragón. Para mí, las estrellas y los planetas que quedaban libres de su hegemonía: Altair, Vega, Júpiter, incluso Marte si nos quedábamos despiertos hasta el amanecer. A pesar de la incautación, seguían flotando en el mar de mares que era el cielo nocturno: ¡Ahora tenía la mitad de todo lo existente ante mis ojos! Aunque no pudiera ver más que una leve capa de espuma cósmica sobre la que discurría la vía láctea. Detrás, tras la tangente dibujada por mi espalda sobre la curvada línea de la tierra, se disponían en formación las constelaciones de las antípodas, anunciando la otra mitad, todo lo demás, invisible desde mi posición pero imprescindible como parte esencial de la totalidad que es la unidad. Y yo en el centro, frágil bisagra de una conjunción fantástica a la vez que evidente. Nada del otro mundo, algo cotidiano, pero la sola idea me producía vértigo. 

Necesitado de conveniente contrapunto para tanta inmensidad, me vi urgido a tomar contacto con materia más asequible, algo tangible y abarcable, capaz de ofrecer oposición y resistencia real al éter cósmico. Puse en alerta mis manos. Era como si me faltara el aire y sólo pudiera conseguirlo utilizándolas a ellas como bocas. Inicié la búsqueda perentoriamente, palpando alrededor. El tacto corpuscular y disperso de la arena escapando entre mis dedos no me pareció suficientemente sólido. “Tal vez si apareciera un guijarro…” Lo encontré de inmediato, como si yo mismo lo hubiera puesto allí antes, en el lugar exacto. Lo acaricié y después lo apreté con fuerza; suave carne contra dura piedra. Aplastante realidad. Lo sopesé en calma confiado de saber lo que perseguía: sí, ese era el contrapunto, y por algún extraño mecanismo de contagio me daba seguridad. Aun así, aprovechando al máximo la ocasión, intenté comprobar si había extraído su esencia. Enseguida comprendí. Tuve una visión fugaz, pero clarísima, de cómo en el núcleo acorazado de esa piedra pequeña envuelta en mi mano estaba encerrado una buena parte de todo lo que podría tener sentido. Sucedió de una forma sencilla, simplemente dejándome impregnar por sus características físicas (dureza, suavidad, temperatura, peso, ¡esa clase de realidad indiscutible!). Pero había algo más. Algo que la pequeña piedra en mi mano me ayudaba a percibir como si, por su mediación, me hubiera transformado en un receptor sensible a ondas no descritas por la física. Algo que no me llegaba solo a través de su contacto y que todavía no me dejaban expresar los evanescentes fantasmas que tienden a ser las palabras. También para eso había ido hasta allí: en busca de un sentido difícilmente aprehensible y expresable. Había ido para comprender, para olvidarme de mí, de ella, de todo lo que impide el esplendor ideal de la felicidad: nuestro desamor, su muerte, la enfermedad que me perseguía amenazadora,… esa imperfección fatal llamada destino.

Empezaba a sentir que todo iba estando al alcance de mi mano. Cuando se adquiere una cierta perspectiva se sabe que el único destino verdaderamente inamovible se encuentra en el pasado. Ya tenía la sensación a la vez táctil e inmaterial de un guijarro, el rumor del mar nocturno, la mitad del universo cubierto de un solo vistazo. ¡Y apenas acababa de empezar! Ni siquiera se trataba de contemplar maravillas o coleccionar momentos memorables, sólo de sopesar la esencia inasible de las cosas, como estaba haciendo con aquella pequeña piedra a la que me aferraba como si fuera la viga maestra de mi existencia, mientras una catarata de estrellas se precipitaba dentro de las cuencas insondables de mis ojos y me hacía olvidar todo lo demás. ¿Lo conseguiría al fin?

De muy lejos y a la vez de muy dentro surgieron dos deseos de los cuáles tomé nota mentalmente: “Sé tú mismo la maravilla y el momento”, me dijo una voz que llegaba de fuera, que fue replicada como un eco por otra voz que procedía esta vez de mi interior. Era un mensaje obviamente estimulante. Parecía recién salido de un manual de autoafirmación personal, uno capaz de llegar de forma bien audible. Lo que entendí verdaderamente es que debía curar antes que mi enfermedad o mi tristeza la ceguera (y la sordera) de mi mente. Grandiosa paradoja de la vida: Es tan deslumbrante la felicidad que regala y tan oscura la desdicha que ocasiona, que resulta difícil darse cuenta de lo que está pasando, de que ‘está pasando’, incluso de que la estás desperdiciando, hasta que es demasiado tarde.

Fragmento de Saludo al sol (novela) por Leon Alair, disponible en Amazon (versión Kindle)

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