Aquí llega el sol, ese prodigio cotidiano

El anuncio de la luz me movilizó segundos antes de que el más mínimo indicio fuera todavía visible. «Aquí llega el sol, la estrella y también el símbolo». Eso fue lo que pensé para, a continuación, inspirado por una especie de numen inefable, pronunciar en voz sonora la letanía de sus muchos nombres: «Estandarte donde se refleja el universo. Mensaje indescifrado del cielo. Señor tiránico y magnánimo del clima. Humilde servidor del día. Dominador de las tinieblas. Reloj de los ciclos de la vida. Principio de conocimiento. Triunfo del bien y de la luz. Don de la fuerza. El que abrasa y revive, urde todas las primaveras del mundo, hace estallar el verano, endurece el trigo y engendra el pan, madura la uva, salva y mata, besa y muerde, comparece y huye… Orbe que gobierna un sistema de planetas y también la llama mínima que ilumina un espacio tantas veces vacío, escondido, entre luces y sombras, muy, muy dentro de cada ser… “Vierte sobre mí, dentro de mí, aunque sea uno de tus millones de rayos centelleantes” ».

Con toda y con esa prosopopeya, a menudo me había pasado inadvertido. ¡El sol, invisible! ¿Dónde se había visto? Su luz era ese prodigio cotidiano que, como a mi propia persona, había venido descontando del catálogo de lo admirable simplemente porque estaba ahí, permanentemente asegurado. La voz regresó aludiéndome claramente, de manera que ya no me quedó ninguna duda sobre su existencia y su intencionalidad. «Pero, recuerda, si no te asombras por el sol o por ti mismo, nada podrá causarte nunca asombro». Por eso me dispuse a salir a su encuentro. Con todas mis fuerzas deseaba experimentar ese sentido del misterio que todo ser humano persigue y que la mente por sí sola no puede comprender. Recibir aquel sol de primera mañana, el día del solsticio de verano, sería una forma de vincularme al milagro de los cuerpos celestes alineándose con esos otros terrenales cuerpos de carne y hueso, sangre y savia, espíritu e instinto. Iba a manifestar mi orgullo por ser uno de esos seres. Atribulado, cansado, enfermo, uno de tantos, pero capaz incluso de intentar entender el misterio de su propia identidad; dispuesto a trascender los propios límites y afrontar, con todas sus benditas y terribles consecuencias, la aventura de existir, por breve que esta pudiera ser ya. Lo que me aprestaba a iniciar pondría en evidencia mi extrema fragilidad, pero también mi potencialidad para entregarme a la vida sin reservas. A través de ese encuentro y lo que simbolizaba iba a penetrar en un nuevo territorio, un país misterioso cuya proximidad me anticipaba ya la sutil evidencia con que desde lo invisible muestra su pujanza lo eterno.

 

Fragmento de Saludo al sol http://www.amazon.es/dp/ASIN/B009MOEQ0U

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