Archipiélago Naray 7 (fragmento de Saludo al sol de Leon Alair)

En aquel estado de paz intensa, sin que ya nada volviera a ser explicado con palabras, como había anunciado A´Maray, comenzamos a profundizar en el sentido de aquella enigmática visita y alcanzamos por fin un profundo conocimiento de nuestra misión.

El poder de la herencia y las leyes de la selección natural ofrecían a nuestra especie la posibilidad de un nuevo salto evolutivo. Era una oportunidad y una exigencia hacia las que ya caminábamos cuando habíamos sido capaces de alcanzar el rango superior de sociedad. La convicción y la fortaleza moral eran el fundamento de aquel acto de necesidad por el que debíamos encontrar nuevas variables de supervivencia Aunque se trataba de algo más que de sobrevivir por esta vez. Lo que estaba en juego era ni más ni menos que la posibilidad de dar un salto que nos llevaría al siguiente nivel, uno que involucraba a todas las especies y a cada uno de los seres vivos que poblaban o habían poblado la tierra. Ese escalón que nuestros parientes cercanos, los gorilas, al mirarnos desde sus jaulas en los zoológicos repartidos por todo el mundo, parecían temer que no pudiéramos alcanzar nunca a pesar de nuestro prometedor presente.

El sapiens era el delantero al que todo el equipo había confiado la pelota en la jugada final para conseguir la victoria. El trabajo había sido de todos. Nosotros sólo éramos el instrumento. Lo que nos estábamos jugando era la posibilidad de conseguir un avance inédito, de un rango sin parangón con respecto a los que a lo largo de decenas de miles de años nos habían traído hasta el momento presente. Aspirábamos a convertirnos en una nueva especie humana al servicio de una nueva tierra. Una especie más adaptada física y moralmente, comprometida con nuestro papel de guardián de la vida, que heredaría el planeta tan sólo para preservarlo y llevarlo hacia quién sabe qué destino en la historia del tiempo y las estrellas. Sería un lugar en el que la esperanza no se buscaría como un recurso individual con el que perseguir lo aparentemente inalcanzable, sino como una capacidad creadora colectiva. La nueva esperanza sería un talento de especie que procuraría el equilibrio de todos los seres vivos en cumplimiento de su propio destino, disfrutando espacios de convivencia suficientes para su conservación y crecimiento en libertad. La Tierra en ese escenario sería un programa de vida proyectado en el tiempo hacia el resto del universo. Esa era la posibilidad del paraíso de que nos hablaba A´Maray.

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