Archipiélago Naray 6 (fragmento de Saludo al sol de Leon Alair)

—Lo importante es saber que no hay fracaso posible en desear excepto quizás no desear suficientemente y que la intensidad del deseo importa más que la posibilidad de su cumplimiento. Pero eso ya lo sabíais —concedió asintiendo y pronunciando las palabras despacio pero en voz alta, dirigiéndose ahora exclusivamente a nuestros oídos en aquella lengua que ya nos parecía propia—. No dudéis, porque todos los que estáis aquí ya habéis aceptado el riesgo, aunque no seáis del todo conscientes todavía. De hecho, vuestra vida, la de vuestros hijos y la de los hijos de sus hijos por generaciones, será aparentemente igual pase lo que pase. Viviréis y moriréis, gozaréis y sufriréis. Nadie, excepto quizás alguno de entre vosotros, fugazmente, tendrá ocasional conciencia de que el gran cambio se ha producido, más allá del posible y poco probable recuerdo de este encuentro. Será como el recuerdo de un sueño. Ahora no es necesario vuestro heroísmo sino vuestro compromiso y vuestra determinación. Eso es lo que vuestro propio destino os demanda. Ya os lo dije, sólo convicciones fuertes y discernimiento para afrontar la verdad, entender los riesgos y seguir adelante.

Penélope intervino de nuevo, ahora como voz única y expresión del deseo de saber del grupo:

—¿Y cuál es esa posibilidad que debemos desear y cuáles son esos riesgos que debemos entender?

—El único riesgo que puede haber es perderse —replicó la portavoz con contundencia—. Parece pequeño, pero no lo subestiméis porque sus consecuencias no están en el daño sufrido, sino en la posibilidad desaprovechada. En cuanto al deseo, es difícil decíroslo porque es algo que debéis sentir íntimamente, pero antes de que regreséis de este viaje lo sabréis. Simplemente tendréis que interrogaros sobre ello vosotros mismos.

Deseábamos tanto comprender y actuar que ni Penélope ni ninguno de los miembros del grupo alcanzábamos a entender completamente que una exposición clara de lo que se esperaba de nosotros no pudiera ser expresada de forma más explícita, por eso nos invadió un sentimiento de ansiedad e impotencia que A´Maray detectó y atajó de inmediato.

—Tal vez a ninguno de los presentes os suceda. Sois fuertes, por eso entre otras cosas, habéis sido elegidos. El perderse al que me refiero no consiste en ir demasiado lejos sin dirección, ni deambular por territorios del alma desconocidos, visitando lugares ignotos sin referencias ni rumbo cierto por el que continuar, como creéis que os sucede a vosotros en este momento. Ese caminar lleva casi siempre a encontrarse a uno mismo, con uno mismo, y a saber entonces de forma meridianamente clara que se está donde se está. El perderse al que me refiero es pasar de largo por la existencia sin haber llegado a estar verdaderamente en ninguna parte. Es un estado de enajenación que puede llevaros a dilapidar ese regalo único sin que os percatéis de su inmenso valor. Perderse es pasar junto a la inteligencia de la vida sin ser capaz de apreciar ni un fragmento de su poesía. O mancillarla y destruirla sin comprender que es en sí misma sagrada.

Penélope intervino de nuevo para mostrar nuestra preocupación. Lo hizo con firmeza y criterio. Viéndola y oyéndola, su figura se agigantaba ante mis ojos.

—Estoy segura de que ninguno de nosotros desea perderse en ese sentido, A´Maray, pero nos gustaría terminar de comprender con exactitud nuestro papel en este plan de contraataque que nos presentas, en esa guerra del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas o de la vida contra su aniquilamiento. ¿Acaso nos hallamos en una encrucijada crítica de la evolución? ¿Acaso debe suceder ahora, propiciado por nosotros, algo que marque el futuro de la humanidad, de la vida, del universo entero como punto de inflexión para la conquista de un paraíso que nunca llegaremos a conocer?

Lejos de mostrar desagrado o rechazo por la reclamación y las inquisitivas preguntas de Penélope, A´Maray pareció enardecida por su intervención. La magnanimidad reflejada en su rostro, transmitía infinita dulzura y humildad en el momento de enviarle su bendición. Era la imagen misma de Gabriel trazada por la mano bienaventurada de Fra Agelico o Van Eyck.

—Dios te salve, Penélope… Verdaderamente, tú tienes la convicción y el discernimiento. Déjame decirte primero que tu llegada a esta isla no fue provocada por nosotros. Fuiste tu misma la que deseaste venir y llegaste en cuanto fuiste nombrada. Eso te convierte, no sólo en uno más de los miembros del grupo, sino en uno principal, que demuestra tener por encima de todos las cualidades necesarias para estar aquí, participando de este encuentro. Tu deseo de saber es con toda seguridad parte de tu valor. Que todos sepáis, es objeto principal de la misión de vuestra expedición. Puedo decirte que eso sucederá antes de que amanezca mañana, aunque pocas palabras estarán ya involucradas en la consecución del conocimiento definitivo. Prácticamente todo lo que puede ser transmitido mediante el lenguaje ya lo ha sido. Ahora llega la noche y debéis participar en la ceremonia de bienvenida que han preparado para vosotros los naray, mi pueblo. Sois nuestros invitados.

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