Saludo al sol: Sensaciones de unión

Cuando llegamos al ejercicio conocido como ‘Saludo al sol’ las sensaciones de unión se multiplicaron. Los movimientos se encadenaban en una danza de ritmo indescifrable. Aparentemente era como otras veces, pero mi cuerpo había comenzado a adoptar la forma y figura que me parecía recibir directamente de la voz y de los pensamientos del maestro. Mis respiraciones ejercían una eficiente labor de enlace entre los diversos elementos físicos puestos en juego. Pronto aparecieron sentimientos a los que pocas veces me había expuesto o incluso había rechazado con esquemático positivismo. Algo oculto en mi interior empezaba a salir a la luz. Salía para después disolverse con mansedumbre y extrema placidez. Era mi cuerpo expresándose. El saludo al sol bajo las indicaciones del maestro estaba liberando algo largamente apresado. Me di perfecta cuenta. Ese algo era yo.

Ejecutábamos las doce posiciones como si fueran solo una, en momentos sucesivos que terminaron fundidos en un único instante, produciéndose una gozosa alteración de las dimensiones espaciotemporales: brazos, piernas, manos, corazón, cerebro, todos los miembros externos y órganos internos reunidos en una sola acción y siguiendo una secuencia de ejecución. Como una vida entera fragmentada, compleja, vista día a día, en la que cada elemento terminara ubicado en su sitio exacto y haciendo su trabajo para conformar un único argumento inteligible y satisfactorio. O como una sinfonía en la que cada nota terminaba encajando y siendo un elemento de la unidad. Ese sentido de unidad, la que se producía entre el cuerpo, la mente, la respiración y el tiempo en que todo estaba discurriendo, resultaba ser la clave. Empecé a comprender mucho antes de saber, pues hay una cierta comprensión que no tiene formas ni palabras. En algún lugar, en medio de una cerrada oscuridad, se encendió una luz. No alcanzaba a iluminar espacios reconocibles pero indicaba una dirección hacia dónde caminar. Seguí el rastro. Al final se abría en un círculo más amplio. En ese lugar, situado a una distancia indeterminada, sin relevancia cuántica, estaba ella y también estaba yo. Los dos, cada uno por separado y entre nosotros, estábamos negociando los términos de un tratado de paz.

Aquel saludo al sol fue un gran momento. Cuando terminó la clase tomé una decisión que deseaba llevar a cabo de forma inmediata, imperiosamente. Me iba de viaje. No sabía exactamente por qué, pero a descubrir otro mundo, otra vida, a desvelar mi propio misterio. No sabía tampoco a dónde aunque lentamente fue dibujándose en mi mente un destino aproximado. Sería por mar y hacia el este. Iría en busca de la luz, al otro lado del túnel, a por el sol, a enterrar definitivamente mi culpa, mi desesperanza, mi temor, más allá del horizonte.

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